Maravillosa película de Julio Quintana, un discípulo de Malick con voz propia que hace navegar un barco muy marinero.
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The Vessel (El Navío)
País: USA-Puerto Rico
Director y guionista: Julio Quintana
Fotografía: Santiago Benet Mari
Montaje: A.J. Edwards, Don Swaynos
Música: Hanan Townshend
Diseño producción: Gerardo José Vega
Vestuario: Natalia Collazo
Intérpretes: Lucas Quintana, Martin Sheen, Jacqueline Duprey, Aris Mejias, Hiram Delgado.
+ 18 años. 110 min.
Distribuidora: European Dreams Factory
Estreno en España: 9 diciembre 2016

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La capacidad del cine de preguntarse por lo esencial o lo que es lo mismo las películas ontológicas. Esa capacidad y esa clase de películas han existido, basta asomarse a la filmografía de cineastas ya fallecidos como Robert Bresson, Andrei Tarkovski y Yatsujiro Ozu.

Es bien conocida la postura filosófica posmoderna que niega con llamativa vehemencia la posibilidad del gran relato ontológico. Autores vivos y ejercientes como Miyazaki, Koreeda, Kawase, Yamada, Kaurismäki y Sokurov tienen películas que encajan perfectamente en la categoría. Muchos críticos y comentaristas no tienen especial problema en alabar sus historias. Se da la circunstancia de que ninguno de esos directores maneja una cosmovisión cristiana.

La tiene Terrence Malick, de manera meridiana en lo que podríamos llamar su trilogía personal formada por El Árbol de la Vida, To The Wonder y Knight of Cups. En estas películas, un muy joven Julio Quintana participó como miembro del equipo de Malick, estando junto al director de fotografía Emmanuel Lubezki. Resulta razonable que Quintana haya contado en dos dimensiones muy importantes con el compositor Hanan Townshend y el montador A.J. Edwards, colaboradores estables de Malick.

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Lo que resulta muy interesante en The Vessel es que, siendo una película claramente vinculada al cine trascendental de Malick y Bresson, es una obra personal, autónoma, con voz propia, la de Quintana, director y guionista de origen cubano asentado junta a su esposa y productora Marla en Austin (Texas).

Quintana alumbra una bellísima historia que habla de pasión, muerte y resurrección con una potencia sobrecogedora, como lo han hecho otros artistas cristianos precedentes, conscientes de que ésa es la Historia y los demás historias. El misterio del dolor envuelve a un pueblo que se ha distanciado de Dios: una ola gigante se llevó a sus cuarenta niños por delante, que con su maestro estaban en la escuela, aún sin reconstruir, recordatorio de un dolor que no cede. El párroco cuida de de todos, es un padre de verdad, y por eso, comprende y espera.

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Malick puede estar orgulloso porque Quintana es un hijo, no un clon. Ni siquiera se le puede considerar un imitador. Las decisiones de Quintana, que incluyen el rodaje de dos versiones (una en inglés y otra en castellano), la localización en un mísero barrio marginal de Puerto Rico y un rodaje en el que a diferencia de la praxis malickiana se ha trabajado con el cuchillo entre los dientes para ajustarse a un presupuesto de 5 millones de dólares que no permitía ni muchas tomas por plano ni material descartable en el montaje.

Quintana usa la prosa poética (su relato es mucho más accesible que los poemas arrebatados en verso blanco del último Malick) y arma una historia que triangulan unos personajes conmovedores que interpretan con enorme talento Martin Sheen, Lucas Quintana (hermano del director) y Jacqueline Duprey. Como es sabido, hay reinos en los que solo se entra si te agachas, si te haces niño. En El Navío de Quintana no hay sitio para altaneros. Como ante el cine de Malick, no han faltado las críticas que desdeñan la película tildándola de sermón. Los prejuicios son recurrentes y los argumentos que se emplean para ignorar o negar la calidad de la película son los habituales entre los que rechazan un cine abierto a la trascendencia y más aún cuando se presenta la fe cristiana encarnada y vivida.

El que entre y se siente, libre, con mente y corazón abiertos, en este navío podrá hacer una de las navegaciones más apasionantes de los últimos años. Malick ya podía morirse tranquilo tras la majestuosa Knight of Cups. A bordo de The Vessel, tendrá la satisfacción de todo buen maestro: ver que su escuela no solo flota, sino que navega.

marla-y-julio-quintanaMarla y Julio Quintana

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