Donde me pregunto sobre la adecuación del lugar donde se hace la música, a propósito de Fauré.

“Porque, para ser escuchados por multitudes en los inmensos espacios de nuestras salas de conciertos y teatros de ópera, también nosotros tenemos que hacer un ruido enorme”

Lo dijo Mahler. En un momento donde los wagnerianos como él y Strauss observaban el empeño por mediterraneizar la música. En 1900, el personal (especialmente fuera de los imperios centrales) empezaba a estar cansadito del tremendismo teutón.

El estreno, en 1906, de Salome  (curiosamente sin acento, quizás por aquello de que el libreto seguía a Wilde) fue un exitazo en Graz. Lo cuenta con talento y perspicacia Alex Ross en su estupendo The Rest is Noise.

Ayer escuche una suite (Pelléas y Mélisande) y el requiem de un mediterraneizante destacado, el francés Gabriel Fauré (1854-1924).

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La suite me sonó en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional (López Cobos dirigía a la ONE) como el hilo musical de la sección de peletería de El Corte Inglés.

Sí, es música incidental, pero en la sala sinfónica perdía su encanto, esa bonitura de una música que no llena, pero que con una copa en la mano y buena compañía resulta agradable. Quizás me faltaba la copa y me sobraba la sala sinfónica.

Lo del requiem es extraño. Me gusta más escuchado en spotify, con un buen equipo de sonido, que en el imponente auditorio de Príncipe de Vergara. Fauré lo dirigió por primera vez en una iglesia, la Madeleine de París donde había sido organista, en 1888.

Ayer me sonó más cursi de la cuenta. El Paradisum, conceptualmente tan sugerente (y me creo que sincero por parte de un Fauré cansado de la sobredósis de tremendismo mayestático y del paganismo altisonante de tanto requiem melodramático y, en el fondo, no auténticamente cristiano o, al menos, no concebido para una misa de difuntos), no logró conmoverme como otras veces … todo sonaba más a una nana dormidera de lo que sería deseable.

Y me pregunto por un asunto que tantos han considerado. El lugar donde la música se interpreta, los espacios donde suena, su llegada al que la escucha.

Con todo respeto por López Cobos y la Orquesta y Coro Nacionales de España, ayer sábado (espero que el viernes fuese mejor), en muchos pasajes parecía que estaban ensayando, de puro gris, sin alma, sin color, sin brillo: good job que diría Fletcher en Whiplash. No le dieron ninguna oportunidad a la suite, que ya de por sí es poquita cosa…

Cuesta entender un concierto para piano con el director dando la espalda al pianista, que es quien debe llevar la orquesta y tirar de ella. Scriabin no es la bomba pero…

[Luis Fernando Pérez es un pianista con talento y, a pesar de que la orquesta se lo comía por momentos, hizo un trabajo brillante]

Cuesta entender (a mi me cuesta entender) el motivo para relegar al barítono y a la soprano en el requiem y colocarlos en medio del coro, y no en el mascarón de proa, sobre el espectador.

Cuesta entender el concierto de toses, un verdadero recital de principio a fin, que por momentos parecía intencionado. Vergonzoso.

Cosas de la música, siempre maravillosa, aunque salgas de un concierto contrariado.

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