Pocos poetas como el mexicano Joaquín Antonio Peñalosa (San Luis Potosí, 1922-1999) para ilustrar aquello de que “In principio erat Verbum”.

Al principio, en medio y al final. Y a y media y a menos cuarto. Con sol y con nubes. Con alegrías y penas: versos, versos, más versos. Un tobogán y un columpio y una piñata y un tiovivo. Pequeños verbos regulares que dan cuerda al corazon para seguir teniendo pies sismógrafos.

Pequeño inmenso Peñalosa. Entras y no sales.

Orden del día

Dime

si hay una taza de café más sabrosa

que estos pequeños verbos regulares:

levantarse y que la luz se te eche encima

como un baño de jugo de naranja,

sentarse al desayuno partiendo en rebanadas el otoño

dar al teléfono eficaz respiración de boca a boca

picotear la máquina de escribir por si cruza un ala

llevar a mano el encendedor, la fogata amistosa

enviar un telegrama de felicitaciones a la lluvia

poner girasoles a los ojos para seguir más cielo

cerrarlos por ver su azul cristalizarse dentro

ir por la calle con unos pies sismógrafos

registrando la ternura de la tierra,

pasar de largo bancos, estatuas, cuarteles

pararse donde estalle un silencio o un quejido

dar cuerda al corazón para que marche aprisa

decir adiós, el último

como decir los buenos días.

Joaquín Antonio Peñalosa  (Del libro Sin decir adiós)

Días de Cielo 2

  • (Fotograma de la película “Days of Heaven” Terrence Malick, 1978)
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