Cada segundo de la película es portentoso, pero los minutos finales de Ordet constituyen un milagro.

En 1932, el director de cine danés Carl Theodor Dreyer asistió al estreno teatral de la obra del pastor luterano Kaj Munk, escrita en 1925.

Desde entonces quiso llevar al cine esta historia sobre la fe, los milagros, la religiosidad y la fuerza sanadora del amor humano y divino que es más fuerte que la muerte. Vaya si lo es.

En 1955, la película, largamente madurada, ganó el León de Oro en Venecia y el Globo de Oro a la cinta en lengua no inglesa.

Es considerada por muchos expertos y aficionados como una de las mejores películas de todos los tiempos.

La magnífica copia en DVD permite admirarla en versión original: la película se llama La palabra y las palabras se dicen en ella de una manera muy peculiar, por el convencimiento de Dreyer de que no le servían interpretaciones convencionales, sino una suerte de trascendentalismo escénico (que nadie se asuste, la película es maravillosa) que hiciera de la palabra, no cualquier palabra, sino la Palabra, el Verbo.

Dreyer (1889-1968) tiene otras tres películas magistrales: La pasión de Juana de Arco (1928), Vampyr (1932) y Gertrud (1964).

Kaj Munk murió asesinado por la Gestapo por su valiente oposición al nazismo.

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Los 8 minutos que cierran Ordet son milagrosos en su retrato del milagro.

“Scio quia Redentor meus vivit”

Que se lo cuenten a esa niña, que le pide a su tío que se dé prisa.

En ese inolvidable primer plano de un rostro infantil en el que se dibuja una sonrisa, expresión de la fe omnipotente de una niña, que lo espera todo porque ama sin medida, está el momento más hermoso y más verdadero que yo he visto en una pantalla de cine.

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